:- ¿Quieres cortar?
:- No, cortar es mucho decir. Yo prefiero los amores no correspondidos con finales abiertos.
Creo que al recordar el sonido gracioso de las letras de aquel nombre, Camila volvía a reír, a pesar de las lluvias. Recuerdo la manera en que cada conversación llegaba a esas cuatro estúpidas letras que para mi no eran nada pero a ella le significaban la vida; y la forma en que se empeñaba en buscar formas de hablar de el pero sin nombrarlo, solo planteando temas en los que nos era inevitable no pensar en el, e insinuando su nombre y aproximandose timidamente hasta que se hacia tan insoportable su censura, su continuo juego de acercamientos sigilosos, que me daba por nombrarlo yo, y ahí mismo me miraba con triunfo por un instante, para luego adoptar su clásica cara de reproche, y su frase de cabecera: "No lo nombres".
El que extingue los infiernos de mi mente y aviva las llamas de este cuerpo mio. Quien no alcanza con el tiempo al visitarme, y rebalsa de momentos a pesar de ello. El que regresa a casa después de ciclos solares completos, con la misma expresión en el rostro surcado de pasados. Quien de solo alzar su voz provoca movimientos en mi vida funesta hasta allí. El que por solo ausentarse se impregno en los muros del subconsciente mio (y en los sueños). Quien por solo desaparecer fue canción, fue dolor, fue poema y flor. El que al despedirse se quedo, se mantuvo estancado en la juventud de mis memorias. Quien por solo insinuarse en la oscuridad, se transformo en presente, en proyecto, en esperanza, en realidad. El que soporta el calor de la luz en sus manos repletas de historias. Quien al volver creció y cambio, pero sigue reconociendo el camino -largo y sinuoso- a mi puerta. El que tan solo por estar en mi ojos se refleja maravilloso. Quien mueve sus brazos y estremece mi espalda. El que al recordar me revive, me hace especial, me transforma en mujer, en ave, en amor.
Sus besos le mostraron una nueva forma del arte, llevándola hacia caminos surcados de bellas formas, cercanos a cielos. Cada gota de su saliva en la boca de ella se deshacía como las horas ausentes marcadas por los relojes de aquella playa escondida en España. Su compañía se convertía en adicción y se volvía surrealista, se volvía dadaista, se volvía canción, deseo, y navegantes de las calles. Cada recuerdo se conservaba en su cabeza como una fotografía luminosa, mas que eso, un cuadro impresionista, un despertar, un desenfreno de colores salpicados. Se volvía Degas que pintaba sin ver, pero lo veía. Sublime, eso eran las tardes en sus brazos, que se paseaban por su espalda y la herizaban. Le provocaba terror, y emoción, solo la magnitud de su resistencia al vació se asemejaba al poder de los besos esparcidos por su cuello. El le enseñaba la inconmensurabilidad que la atrapaba, y lo tierno de sus lunares que la enceguesian, y en ella se excitaba la fuerza para considerar pequeño aquello que la preocupaba. Estaba sobre y dentro de ella, como un cielo estrellado en el campo.
Solo un ápice de su vida no estaba rendido a los pies del hombre. Tan siquiera sus pies le eran propios, lo demás pertenecía a su dueño, al hombre, aquel que dio un vuelco en el modo de ver lo que la rodeaba. Aquel que iluminaba el lado oscuro de las lunas, quien al mirarla la asesinaba y al que le debía sus mas variadas formas de arte. El hombre que sabia mas de amor que el poeta. Tanto mas, el hombre que reducía los mundos al pestañeo de sus párpados, que minimizaba la totalidad de los entes en comparacion con aquellos dos ojos tan brillosos que reflejaban la vida: desde un jazmín hasta un Dali.
Aparecía los días de números primos iluminando el pequeño cuarto de hotel en el que vivía haciendo las veces de hogar; llegaba como un vendaval corriendo cortinas, abriendo cajones, sacando papeles de la mesa cual dueña y señora de la morada. Abría la puerta como si la llave fuera suya, como si no la hubiera robado del cajón de mi cómoda la primera vez que vino, como si a mi me molestara. El hecho es que llegaba y cocinaba, y jugaba la ficción de la familia: barría ordenaba, abría ventanas, y, de pronto, el pequeño cuarto de aquel hotel gris se transformaba en un refugio. Prendía velas en las noches, apagaba los pocos veladores que quedaban con lamparitas sanas, llenaba la casa de inciensos y, entonces el lugar no era ya un refugio sino un templo. Lo hacia así porque a ella le gustaba hacer el amor en un templo, escuchando alguna canción de jazz que le resultara conocida y pudiera tararearla aunque sea; y yo me dejaba llevar por esa tormenta de calor con rulos que era ella, y que cada tanto me organizaba el cuarto a cambio de desbaratarme la vida.